15.1.14

MUERE EL GRAN POETA JUAN GELMAN


Juan Gelman, inventor de palabras y poeta contra el olvido La tragedia marcó la vida del fallecido poeta, a quien la dictadura argentina asesinó a su hijo y le arrebató a su nieta Buenos Aires. (EFE).- Juan Gelman era un inventor de palabras mucho antes de que la dictadura argentina asesinara a su hijo y le arrebatara a su nieta, una tragedia que marcó su vida y le convirtió en un poeta volcado en una lucha contra el olvido que ha mantenido hasta su muerte. Juan Gelman uno de los grandes poetas de las letras hispanas, falleció el martes a los 83 años en Ciudad de México, el último de los destinos de su largo exilio, su "trastierro" en palabras del escritor. Trabajador incansable, publicó el pasado fin de semana en el diario argentino Página 12 su última colaboración, una columna contra la colonización francesa. En agosto, en su última visita a Buenos Aires, presentó "Hoy", una recopilación de 300 textos poéticos con reflexiones sobre la realidad argentina que incluyen sus impresiones tras conocer la condena a los represores del centro clandestino donde estuvo secuestrado su hijo, Marcelo Ariel, asesinado por el aparato de la dictadura militar argentina (1976-1983). En aquella ocasión, un Gelman emocionado prefirió dejar hablar a la poesía y leyó algunos de sus textos sobre las deudas con el pasado antes de despedirse del público que lo ovacionaba con un "gracias por estar aquí y sobre todo por aguantarme". Nacido en Buenos Aires en 1930, en el seno de una familia de emigrantes judíos ucranianos, en su juventud formó parte de las guerrillas de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) y de Montoneros, con los que rompería años después. Amenazado por la Triple A argentina, se vio obligado a exiliarse en 1975 y un año después, su hijo Marcelo y su nuera, la española Claudia García, embarazada de siete meses, fueron secuestrados y asesinados por la dictadura. La tragedia marcó la vida del poeta, que se volcó en la búsqueda de su nieta, entregada a la familia de un policía en Uruguay. Gelman localizó a su nieta Macarena en el año 2000 y en 2011 la Corte Interamericana de Derechos Humanos condenó al Estado uruguayo por la desaparición de la nuera del poeta y por la supresión de identidad de su hija. La lucha por la recuperación de la memoria ha sido una constante en la vida de Gelman, que hace solo un año reunió toda su poesía, 29 libros, en un solo volumen, bajo el título "Poesía reunida". Desde "Violín y otras cuestiones" (1956), considerado un acontecimiento para la llamada "Generación de los 60" de la poesía argentina, hasta "El emperrado corazón amora" (2010), también esta recopilación está marcada por el dolor, la dictadura y el exilio, aunque sin ira porque, como reconocía el autor en una entrevista con Efe, "la palabra es insurgente solo cuando toca el corazón". "Creo que es la insatisfacción la que me sigue haciendo escribir, porque sigo persiguiendo a la 'señora' (la poesía) porque no logro alcanzarla ni por la cola", decía entonces Gelman, un poeta de vanguardia que prefería trabajar en la soledad de la noche. Su hora más feliz, reconocía, llegaba cuando "vivencia, imaginación y expresión se unen en un solo y apretado nudo". Luchador incansable, sus amigos le recuerdan como un hombre con un gran sentido del humor hasta que la tragedia de su hijo cambió su vida. El escritor argentino Horacio Salas rescataba hoy los momentos de "risas" con Juan porque "hasta que pasó lo que pasó (su hijo y nuera desaparecidos) era un tipo con el mejor humor". Considerado un innovador por su capacidad para reinventar el lenguaje poético y aunar corrientes estéticas sin relación aparente, Gelman llegó a relacionar personajes tan dispares como San Juan de la Cruz y Homero Manzi y dejó varios ejemplos de su diversidad poética, como "Los poemas de Sidney West" (1969), en el que crea un heterónimo y lo ubica en el sur de los Estados Unidos, una apuesta que le costó el alejamiento del Partido Comunista argentino. "Escribo poesía porque no tengo más remedio", dijo en alguna ocasión el poeta, que siempre admitió su debilidad por la crónica periodística y más de una vez reconoció que echaba de menos sus inicios como cronista. En 2007 recibió el Premio Cervantes, el más importante de las letras españolas, por "el compromiso con la realidad" que emana de su obra y por haber sabido integrar en su pensamiento poético "su terrible historia personal". "El único premio que le faltaba era el Nobel y nunca se anquilosó, ni acomodó, cuanto más lo premiaban más áspera y desafiante se volvía su poesía, cada vez buscaba más lejos y más hondo", recordaba hoy su discípulo Daniel Freidemberg. La muerte de Gelman deja un gran vacío en las letras hispanas, aunque, como presumía el escritor "existe una poesía en castellano que tiene mil puertas y todas están abiertas". (LaVanguardia.com)

20.11.11

PREMIO ATENEO JOVELLANOS DE POESÍA PARA VICENTE MARTÍN

 
Felicitamos a nuestro querido amigo VICENTE MARTÍN por el merecido Premio Ateneo Jovellanos de Poesía. Un abrazo amigo y enhorabuena.

Los versos de Vicente Martín logran el Premio Ateneo Jovellanos de Poesía
El jurado presidido por García Montero, destacó 'Paraguas de color para la lluvia' por su «voz poética regular y sostenida» . 19.11.11 - 02:41 - ALBERTO PIQUERO | GIJÓN.
El escritor castellano Vicente Martín Martín (Ávila, 1945) se hizo anoche con el Premio Ateneo Jovellanos de Poesía en su XXI edición, por los versos de 'Paraguas de color para la lluvia', que había sido presentado bajo el seudónimo Azur. En ellos vio el jurado, que presidió el poeta Luis García Montero, la mano de un autor «imaginativo, que dialoga con la poesía y le rinde homenaje». Al dar a conocer el fallo, que se desarrolló en el transcurso de una cena literaria en el hotel Tryp Pelayo de Gijón, el presidente del jurado aseguró también que el poemario ganador responde a «una voz poética regular y sostenida, que también explora sentimientos como el miedo y el rencor», además de bucear «en corrientes de indagación moral sobre la vida cotidiana».
García Montero debatió entre los nueve finalistas que llegaron ayer a la mesa del jurado con los también poetas Francisco Álvarez Velasco, Aurelio González Ovies y Antonia Álvarez. También pusieron voz y voto en el tribunal el profesor de la Universidad de Oviedo Eugenio Bueno y el psiquíatra José Luis Mediavilla.
Todos ellos destacaron la trayectoria del nuevo premiado, que desde 2004 no ha parado de recibir distinciones. Las últimas, han sido el Premio Rosalía de Castro, que se unía, entre otros, al de Poesía Iberoamericana Víctor Jara y al Alonso de Ercilla.

5.5.11

LAS SIRENAS



Vieron llegar la nave:



como siempre


elevaron sus cánticos pianísimos,


sus murmullos de lluvia y arboleda


que un céfiro brumoso llevaba lentamente


a las sienes morenas de los hombres,


allí, donde se oculta el desconsuelo


y remotos paisajes se atesoran


con el secreto brillo de su azogue…




Vieron pasar la nave:


nadie se conmovió,


nadie se derrumbaba, loco, sobre el agua,


nadie quiso buscar, enajenado,


sus pechos luminosos, sus miradas de jaspe,


sus escamas de fuego y de coral.


(Un hombre entre cadenas,


hermoso como un héroe,


desgarraba con llantos y alaridos


aquel hondo y sereno navegar…)


Vieron como la nave se alejaba


ajena, indiferente,


en calma singladura


hacia islas felices y puertos abundosos,


firme como el destino, libre como el olvido,


desplegadas sus velas al viento y a la sal…


Ausentes, melancólicas,


asoladas de un lívido temor,


dejaron de cantar, envejecieron,


quedaron con los siglos


ignoradas de todos, convertido


en historia dormida su recuerdo.


Y una pobre mañana,


entre un torpe revuelo de peces fugitivos,


diéronse a lo profundo, naufragaron.

26.4.11

MUERE EL GRAN POETA CHILENO GONZALO ROJAS



El poeta chileno Gonzalo Rojas, Premio Cervantes de Literatura 2003, falleció hoy a los 93 años tras permanecer en estado de extrema gravedad durante más de dos meses debido a un accidente cerebrovascular, según ha informado su familia. La salud del escritor, galardonado también con el Premio Nacional de Literatura 1992 y el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 1992, se agravó el pasado 22 de febrero, cuando sufrió un infarto cerebral.
Con su sempiterna gorra de marinero, infatigable y con una inmensa sonrisa. Así se paseó, día tras día, por Madrid el poeta chileno Gonzalo Rojas cuando en 2004 vino a recoger el premio Cervantes de manos del Rey. Rojas deja miles de poemas como "relámpagos". Y es que así entendía "el poeta más poeta" el hecho poético, desde que a los seis años escuchara y sintiera la palabra "relámpago" durante una tormenta que se desencadenó en su lugar de nacimiento, Lebu, en un puerto marítimo de Chile.
Desde entonces, esa palabra encarnó su manera de entender la poesía: "una relámpago, un fuego, una sacudida" vestida de palabra y con la que este hijo literario de Neruda, Huidobro y Gabriela Mistral, alumbraba al mundo para interrogarle sobre la vida, el amor, el erotismo, el humor y la ironía.
Irreverente, inconformista, divertido y muy vital, el poeta chileno estuvo en Madrid varias semanas para, además, de recibir el Premio Cervantes, hacer diferentes presentaciones de sus libros, como la "Metamorfosis de lo mismo", "La reniñez" y un CD en el que recitaba una antología de su poemas que él mismo leyó en 1996 en la Residencia de Estudiantes, "la morada de los dioses" como la llamaba y donde se alojaba cada vez que visitaba la ciudad.
Una voz muy peculiar
Uno poemas recitados por una voz muy peculiar y "silábica", como el la definía. Y es que Rojas era pura música. "Yo siempre me fío de la oreja, con ella me aproximo a la ritmicidad", explicó a un auditorio de la Residencia de Estudiantes que estuvo entregado al poeta hasta el final. Porque, además, Rojas era capaz de imitar y reproducir el ritmo y la gangosidad de uno de sus autores más amados, Pablo Neruda.
«Poesía es un aire nuevo no para respirarlo, sino para vivirlo»
Así, el 23 de abril de 2005 Gonzalo Rojas acudió a la ceremonia de entrega del Cervantes en Alcalá de Henares vestido con un elegante chaqué negro pero con su eterna gorra de marinero. "Esta gorra es el límite de mi conciencia", dijo a los periodistas que le esperaban. Y en su discurso de agradecimiento volvió a embelesar al personal con un texto con el que el poeta silbaba en cada palabra, modulando su voz y desafiando al viento, elemento que siempre ha estado presente en toda su obra.
No en vano, este hijo de minero que perdió a su padre a los cuatro años a causa del gas grisú, experiencia de la que dijo que "aprendió más cosas que en todos los manifiestos", amó el mar y el viento por encima de todo. "Reto a quien me quiera contrariar para que me encuentre un texto más hermoso sobre el mar que el 'Monumento al mar', que escribió Huidobro!, dijo. "Hay que leerlo releerlo y meter la nariz en ese mar", recalcó.
De su devoción hacia el viento también habló en Madrid, durante la presentación de "La reniñez", el libro que llevaba ilustraciones de su compatriota Roberto Matta. "El viento es lo primordial para mi. Funciona como un silbido, como un sonido y un zumbido", espetó y al tiempo precisó que cuando le preguntaban qué es poesía respondía: "un aire, un aire, un aire nuevo no para respirarlo, sino para vivirlo".
Agencia EFE

20.2.11

BIOGRAFÍA: PABLO ROKHA (Carlos Díaz Loyola)



PABLO ROKHA,  Carlos Díaz Loyola, pseudónimo del poeta, nació en Licantén, Chile, en 1894.Inició estudios la escuela pública de Talca y luego fue internado en el Seminario Conciliar de de donde fue expulsado por sus principios antirreligiosos. Al terminar sus estudios de Humanidades en Santiago, se matriculó simultáneamente en las facultades de Derecho e Ingeniería de la Universidad de Chile, abandonando los estudios poco tiempo después, para dedicarse por entero a la actividad literaria.Su obra la componen cuarenta y seis volúmenes, entre libros de poesía, ensayos, folletos y antologías. En 1922 autoeditó su libro «Los gemidos», obra esencial para comprender la literatura castellana del siglo XX. Aunque el extenso poemario fue despreciado por la crítica de la época, hoy es considerado como una de las más importantes obras vanguardistas del continente americano.Del resto de su obra se destacan: «Carta magna del continente en 1949, «Cosmogonía» en 1925, «Escritura de Raimundo Contreras» en 1929, «Genio del pueblo» en 1960, y «Estilo de masas» en 1965. Póstumamente se publicaron la antología «Mis grandes poemas» 1969, «El amigo piedra» 1990, y «Obras inéditas» 1999. Falleció trágicamente en 1968.

AVENTURERO


Oriente de cobre duro, fino y ensangrentado,

de tiempo a tiempo

tendido

de mundo a mundo.



¡Voluntad!



Soy el hombre de la danza oscura

y el ataúd de canciones degolladas;

el automovilista lluvioso,

sonriente de horrores, gobernando

la bestia ruidosa;

el tallador en piedra de catedrales hundidas:

el bailarín matemático y lúgubre.

coronado de rosas de equilibrio;

el vendedor de abismos, trágico,

dt cabellera de ciudades

y un canto enorme en la capa raída.



Tren nocturno

con ]as hojas marchitas y un vientre humoso.



¡Ay! cómo aúllan en la tierra cóncava y madura

mis leones muertos...

Voy de estrella en estrella

acariciándole los pechos violados a las guitarras.

con mi mano única;

¡oh! jugador,

agarro mi gran rueda de espanto,

despernancada,

y la arrojo contra las estrellas,

arriba del cielo, más arriba del cielo

que no existe.



Y suelo estarme cuatro y cinco mil lunarios,

como un idiota yiejo,

jugando con bolitas de tristeza,

jugando con bolitas de locura

que hago yo mismo manoseando la soledad;

entonces me río,

con mis 33 dientes,

entonces me río,

entonces me río,

con la risa quebrada de las motocicletas,

colgado de la cola del mundo.



La campana negra del sexo

toca a ánimas adentro de mi melancolía,

y una mujer múltiple y una

múltiple y una

como un triángulo de setenta lados y muchos claveles.

se desnuda multiplicando las heridas

sobre mis mundos quemantes y llenos de senos de mujeres estupefactas.











LA IDOLATRADA

                                                 Montaña de versos, brazada de sueños

ardiendo,


sobre mi sexo;

llaga de sol, llaga de miel, llaga de luz encima de las frutas clásicas,

incendio,

leña de pena...



Como camino polvoroso

de canciones,

como recuerdo polvoroso,

así

tu amor

embellece y alegra entristeciendo.



Viejo y negro pueblo de tórtolas crepusculares;

casa de los naranjos melancólicos

y las tejas lluviosas;

casona de herrumbre con gatos oblicuos y tristes;

con limoneros, solteronas y días domingos,

con villorrios y viajeros, con postinos de cansancio, con carretas de tonadas

en las vitrinas anacrónicas;

país de las provincias y los pianos ruinosos

bajo el poniente irremediable,

país de los sepulcros, los borrachos y las rutas de otoño,

yo.

y tú,

tú, pequeña, curiosa, morena, asomada en las ventanas...



Quiero la vida porque tú eres vida,

quiero la sombra porque tú eres sombra, mujer,

quiero la tierra porque tú eres tierra;

y tus besos como higos

como agua de fuentes rurales.

como uvas

llenas de mar, cantando desde las viñas cósmicas;

acepto la materia y la tristeza

porque tu carne es triste,

porque tu alma es triste

como la higuera de las parábolas.



Abierta

frente al universo

abierta,

eres cual una herida de la Tierra.

poblada de voces mundiales,

madura de goces fragantes...

¡palabras del siglo, muñeca con ojazos negros!...

panorama del hombre y del tiempo

cruzando mis huesos!...



Aventurero con espanto,

columpio mi gesto pirata,

como un fruto enorme y podrido,

entre la nada y la nada;

encima tú, como un beso en un mundo,

encima tú, temblando,

encima tú, como un canto en un muerto,

encima tú, como un nido en un árbol

estupendo,

paloma de las lindes últimas.



Eres clara como la muerte,

eres buena como la muerte

y profunda como la muerte;

dulce y triste como sol de invierno;

llena de nidos y frutos,

como un bosque inmenso o una humilde casa de campo:

arada por la maternidad,

los hijos te engrandecen como a la tierra el surco,

mujer, la idolatrada.

mujer, la idolatrada.



Hermana de la luna,

la pena,

la lluvia

y el destino de las cosas,

determinas el límite

de l0 absoluto y l0 infinito

con la rayita azul de tu existencia.



Embajadora de las golondrinas,

mujer, la idolatrada;

se enorgullece "Dios" de haberte hecho

y haberte mirado en los tiempos, haberte mirado en los mundos, haberte

mirado en los sueños

frente a la creación, adolorida;

bendita y amada

por

los siglos

de

los siglos...

¡coronada de pueblos y de niños!...

EPITALAMIO

Dios te ampare, mujer, inmaculada y triste como una flor que oliese a hojas caídas.
Universo, universo, universo, ave-niña, ilusión más ingenua, más ingenua aún, más ingenua que las cunas azules
cuando el sol clarea los pueblos fúnebres, melancólicos.
Tú que pastoreabas las palomas del lugar por cuatro reales...
Filosofando caminas sobre las tumbas del planeta-Winétt.
Reíste a los tres días de nacer, dulcemente de nacer, porque ya eras madre de lo creado y abuela de los muertos.
Paz, sonora canción nacida de un tajo hecho en la tierra, sin héroes o niños divinos antes de ayer.
Y manas sangre de árbol-árbol con olor a surcos llenos de simiente.
Contigo el pánico florece y las tristezas dan frutos dulces.
E iluminas el camino hacia el hombre distante.
Desengañada te crees y tus días son cuentos para niños.
He aquí que eres máquina de nieve encendida.
Andas por los caminos de la vida y la muerte con el ritmo enorme que fluyen cantando a ciegas los fenómenos,
cantando a ciegas los fenómenos, cantando a ciegas los fenómenos.

Yo conozco, siento que tus raíces cándidas horadaron mi estupor...
Atardeciendo, cuando el farol invernal del crepúsculo alumbra lo melancólico, el porvenir de las tumbas lluviosas
e irremediables, la cara absurda del vacío, entonces, yo estoy, querida, deshojándote hoja a hoja... hoja a hoja...

Ejemplo de mujer casada, niña de octubre y mariposa, mi corazón se está incendiando a tus pies.
El cataclismo universal de tu agonía me tronchará los huesos marchitos y sentiré que moriré llamándote.
Soy tuyo entero, encadéname con sollozos y alimenta con besos golosos al animal feroz que elegiste por amo.

EL VIAJERO DE SÍ MISMO

Voy pisando cadáveres de amantes



y viejas tumbas llenas de pasado,



cubierto con cabello horripilante



del gran sepulcro universal tragado.






Acumulo mi yo exorbitante



y mi ilusión de Dios ensangrentado,



pues soy un espectáculo clamante



y un macho-santo ya desorbitado.






Mi amor te muerde como un perro de oro,



pero te exhibe en sus ancas de oro.



Wínétt, como una flor de extranjería.






Porque sin ti no hubiera descubierto



como una jarra de agua en el desierto



la mina antigua de mi poesía.

12.3.10

MUERE MIGUEL DELIBES

EL ESCRITOR ESPAÑOL MIGUEL DELIBES FALLECE EL 12/03/2010

Ha llegado Miguel Delibes al final de su camino. Ha muerto en Valladolid, donde vivió toda su vida, con una discreción y una honestidad que hacen aún más grande, más larga, la sombra de sus letras sobre la historia de la literatura española.
Cuando publicó 'El camino', en 1950, encontró su voz. Allí empezó a fraguar su concepción del mundo, sus personajes más auténticos. En 'El camino' arranca la esencia de su lenguaje sobrio y depurado, capaz de dar aliento a los más variados registros. Él mismo reconoció que había escrito sus dos primeras novelas, 'La sombra del ciprés es alargada' (1947) y 'Aún es de día' (1949) "con una voz engolada y grandilocuente. Un día, sin embargo, me di cuenta de que la afectación no me llevaba a ningún sitio".
Decía Delibes que "un pueblo sin literatura es un pueblo mudo". Con esa rectitud castellana, tan callado, tan poco dado a exponerse en público, el escritor ha hablado, sin embargo, a lo largo de su vida alto y claro a través de sus artículos periodísticos y sus más de sesenta obras, entre las que se encuentran varias piezas maestras de la literatura occidental contemporánea como Cinco horas con Mario o Los santos inocentes.
Nadie ha contado la vida rural española como Delibes, gran cazador y mejor narrador, y muy pocos elegidos como él han atrapado la esencia de esos otros paisajes, los de los interiores de las personas, que describió con un realismo a veces descarnado, porque descarnada era la España heredera de la guerra, pero también con compasión y piedad.
Delibes era un auténtico ecologista que hizo bandera firme pero sin estridencias de la defensa de la Naturaleza. Desde Diario de un cazador (1955) a La tierra herida (2005), escrito de forma conjunta con uno de sus hijos, Miguel Delibes de Castro, sus numerosos libros dedicados a la caza, la pesca y al campo son un legado imprescindible.
Tampoco se puede entender el campo castellano sin obras maestras como El Camino, con Daniel El Mochuelo, el niño de 11 años que rememora su pueblo castellano a punto de irse a estudiar a la ciudad; sin Las Ratas, con El Nini, 11 años también, con toda su crudeza de cuevas y campo desolado. O esa novela, estremecedora de puro desgarro, que es Los santos inocentes, que Mario Camus llevó al cine con el inolvidable Paco Rabal en el pellejo de Azarías, el de la milana bonita, uno de esos personajes vencidos y desvencijados que retrataba con tanto verismo como piedad. Sabía contar la realidad en crudo y la ternura escondida. Siempre con la palabra precisa.
Miguel Delibes narró el campo como nadie, pero sus retratos de la vida en las ciudades de provincias y de las gentes -Mi idolatrado hijo Sisí, La hoja roja- atrapadas en sus pequeñas miserias son afilados bisturíes, de una precisión y una sutileza totales. El retrato femenino de esa obra maestra de la literatura universal que es Cinco horas con Mario es sencillamente magistral y demoledor. El soliloquio de la mujer resentida ante el féretro del marido en aquella España de los 60, que soñaba con el Seiscientos y a duras penas arrancaba con sus esperanzas alicortas, tiene el aliento de los dramas clásicos pasados por el tamiz de lo cotidiano.
La sobriedad es la marca registrada de un hombre que siempre volvía a Castilla, pero que no renunció al mundo, y que deja inolvidables libros de viajes: Europa, parada y fonda o esa delicia que es Dos viajes en automóvil: Suecia y Países Bajos.
"La novela es un hombre, un paisaje y una pasión", escribió. Desde que recibió el Premio Nadal en 1947 por La sombra del ciprés es alargada hasta su última novela, El hereje, en 1998, el gran cincelador del lenguaje que fue Delibes habló con sabiduría de los hombres y pintó como nadie los paisajes, sobre todo los de Castilla. Pero ante todo, vivió y escribió con profunda pasión. Contenida, sobria, castellana.
(Artículo Publicado por Carmen Méndez 12/03/2010)

20.1.10

JOSE ANTONIO MUÑOZ ROJAS. Biografía

Poeta y prosista español nacido en Antequera, Málaga, en 1909.
Estudió Derecho en la Universidad de Madrid. En 1936, decidió irse a Cambridge como lector de español. Allí coincidió con Unamuno, Cernuda y Leopoldo Panero; ahondó en la lírica inglesa y tradujo a John Donne, William Wordsworth, Gerald Manley Hopkins, Francis Thompson y Stearns Eliot. En 1939, regresó a España, alternando entre la ciudad y el campo, y compaginando su vocación literaria con su trabajo en la banca.
Su trayectoria literaria se inicia en 1929 con el libro de poemas Versos de retorno, seguido por diversas publicaciones en verso y prosa, tales como: Soneto de amor por un autor indiferente en 1942, Abril del alma en 1943, Las cosas del campo en 1953,
Cantos a Rosa en 1955, Lugares del corazón en 1962, Salmo en 1970, Ardiente jinete en 1984, Rayo sin llama en 1994, Objetos perdidos en 1997, Entre otros olvidos en 2001 y Yo sólo sé nombrarte en 2002.
En 1998 obtuvo el "Premio Nacional de Poesía" por su libro Objetos perdidos y en el año 2002 el "Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana" por el conjunto de su obra.
Además fue nombrado "Hijo Predilecto de Andalucía" en 1998, recibió la "Medalla de Oro de Antequera" y la "Medalla de Honor de la Real Academia de Bellas Artes de San Telmo.

ME DICEN QUE OS DIGA

Soy un poeta que tiene
la voz temblorosa, y no sabe
qué clase de luz se le viene a las manos,
y cómo disponerla, y decirles
a los demás la clase de luz
que se le viene de pronto, sin saberlo,
a las manos.
No sabría deciros, si alguien
no estuviera por dentro diciendo:
"Dí ahora: La luz tenía esta forma,
y una vez comenzado sigue siempre".
No sé muy bien qué luz sea esta;
no sabría deciros de la voz.
Soy un poeta a quien se le dice.
Escucho. Os hablo. Acaso me entendáis.
De esto que digo apenas sé la forma.
Siento una resonancia, pego el oído.
Se viene la palabra como un agua.
"Diles esto. No digas otra cosa".
No es triste ni alegre. No es triste
ni alegre un poco de ceniza.
Es un poco de ceniza. Si lo vemos,
decimos: Es sólo un poco de ceniza.
Claro que no digo lo que tengo pensado,
porque tampoco lo sé muy bien. Me dicen
que os diga. Nunca dicen:
"Diles algo que entiendan". Simplemente:
"Diles", y a veces solamente
es como un poco de ceniza.

LA MADRE

La madre soñaba oscuramente:
Será rubio, tendrá estos ojos mismos,
le amarán las muchachas. Una tarde,
de pronto, llorará junto a una rosa.

Le crecerá la angustia sin saberlo.
y cada nuevo umbral será una herida.
Temblará al traspasarlos, hijo mío.
Acaso una paloma, acaso nada.

El viento por la frente; las caídas
hojas que se acumulan; los rumores
del corazón callados: nadie sabe
las formas repentinas de la dicha.

Yo lo siento aquí hondo, en mis entrañas,
el río de tu vida, que me deja
una nostalgia antigua, una dulzura
vieja en mi corazón, como la sangre.

Me hace toda ribera, toda muro
donde pasan las aguas de tus años.
Vuelvo otra vez a ser niña que juega,
corriendo como niña entre las rosas.

¡Oh sueño en mis entrañas! ¡Oh alto río,
resonando de siempre en mis entrañas!

LAS PALABRAS

¿DE dónde vosotras? Me cogéis de la mano cuando menos lo espero con vuestra mano ingrávida y a perderse se ha dicho. Así una y otra vez cuando más se clava la espina en el corazón, cuando todo se torna rambla seca, pedregal implacable, pie llagado, vosotras, ¿cómo os llamaré? Palabras, oficio de corazón tenéis, mansas al deseo como un animal que se entrega, vosotras consoladoras supremas, huéspedes del alivio. Tendido como un manto el dolor en el mundo, perezoso como un río sin corriente, erguida la desesperación y sorda la delicia, perdido el paso y la voz sin quejido, de pronto, vosotras, cómo llamaros, palabras sois, aguas sois y todo y más, sosiego y alivio sois, encendimiento sois. Y todo y más. Si digo hermosura del mundo sé que no hago más que entreabrir el postigo a su temblor, y en la carrera abierta al gozo, apenas cubro la primera jornada. Lo que queda es el polvillo de la creación, cuando el espíritu flotaba sobre las aguas y ya estaban escritas las líneas misteriosas, que luego serían palabras, músicas y colores que harían por siempre la vida y la palpitación de cuanto existe.

QUIERO CONTARTE COSAS QUE ME PASAN

Quiero contarte cosas que me pasan.
Cuando digo me pasan tiemblo, Rosa,
porque «me pasan» dice muchas cosas.
Esto de las palabras, Rosa, siempre
induce a confusión. Hablo, tropiezo,
caigo, me repongo, vuelvo a caer.
Hablar, Rosa, es darse trompicones
de palabra en palabra. La lengua dice
cosas que no quisiera, a tientas anda.
¿No ves, Rosa, que hablando, como hablo,
caigo en lo mismo y a lo mismo vuelvo?
Cosas que pasan. Te diré que anoche
ardieron los rastrojos, una hermosura
de fuego que en festones se corría
de gozo, dando saltos, crepitando,
la llama daba brincos, le ponía
un rostro diferente a los contornos,
sorprendida la noche en sus silencios
por la herida que abría en sus costados
la navaja de las llamas alegres.
Era una fiesta de purificación.

ETEREIDAD

Y se queda uno con la esperanza,
colgando de su delgado hilo
de tantas cosas colgando,
de tantas esperanzas deshaciéndose,
con tanto temor oculto,
con tantos olvidos como caben
en un instante, tantos olvidos
vividos y padecidos,
como para llenar una estrella.
Y esa mujer que llegó hoy con su misterio,
con su etereidad, que lo hace posible,
que la define y la sostiene
y ha dejado la casa
llena de su misterio.

13.10.09

ROBERTO THEMIS SPERONI

Roberto Themis Speroni nació en 1922 en La Plata. Murió en City Bell (su pueblo amado) en 1966. Publicó en poesía: Habitante único, 1945; Gavilla del tiempo, 1948; Tentativa en la Luz, 1951; Tatuaje en el viento, 1958; Paciencia por la muerte, 1963; Padre final, 1964; Poesía completa (Estudio y compilación de A. E. Lahitte, -si bien es una antología incluye varios libros de poemas inéditos-), 1975 en dos volúmenes (reeditado en 1982 y 1996; hay una tercera edición de la primera parte). El espiniyo (revista de poesía) en su número 7/8 de 2008 va a rendir homenaje a este gran poeta argentino.

CANTO l

Como un ángel curioso atravesando
una gran galería, un infinito
mundo de soledad donde fulguran
murciélagos de hielo, estalagmitas,
carámbanos de vidrio tan agudos
como el ojo de un pez; como si fuera
un destino caminar el hueso,
lo frío del invierno y sus misterios,
lo largo en amarillo y lo que tiembla,
ando el tuétano duro, el quebradizo
contorno de una vida en piedra inmóvil,
la longitud celeste del granizo
dispuesto en oquedad en quieta sombra.
Yo, el poeta, el desnudo –el mar acaso,
acaso la montaña, un dios acaso–,
ando el hueso invernal, el incrustado
hueso del tiempo en la estación más fría.
Por ancha boca de cristal, por sitios,
donde filosas llamas se sostienen
las unas con las otras, simulando
ardorosas imágenes,, gastadas
ojivas de silencio, yo, el poeta,
–acaso el arenal, acaso el miedo–
voy internando mi vejez, mi llanto,
la certidumbre de saber que el hombre
es una forma del amor, del canto,
de la muerte que sopla dulcemente
a través de las grietas del invierno.
De esta manera, solitario, lejos
cargado de memorias que parecen
dolorosas anémonas, diademas,
constelaciones del ayer, avanzo
por el hueso invernal, por el gran tubo
que un viento tiritante va ciñendo
de lúgubres rumores, de murmullos
cuyo color castiga el ceño triste,
el triste muro de la frente abierta
a la razón que el invierno guarda,
como guarda el invierno en su comarca
la llaga del poeta.

Altas colinas,
dunas de sal, gaviotas transparentes,
hojas que fueron árboles un día,
rostros que en el adiós se distorsionan
hasta lograr la curva de los ojos,
lo fugitivo que en humo impera,
conmigo avanzan en quietud de hielo,
trepando, dando vueltas al origen
de lo que fuera bello, de lo antiguo
que amara yo, el poeta, –acaso un niño,
una flor a la orilla de una nube,
la delicada risa de un airoso
y brillante verano ya perdido–.

Todo conmigo va por ese hueso
de límites cambiantes: las ciudades,
los cementerios, el calor remoto
de un leño en la penumbra, el fino cuerpo
de una mujer tendida como un grito
de libertad detrás del pecho breve.

Y yo, el poeta, el taciturno –acaso
la sombra de un anillo, acaso el simple
sollozo de un guijarro, acaso el vuelo–,
voy integrando el ser, lo que los años
separan dividiendo, haciendo trizas
junto al hueso constante del invierno.

¡Oh, camaradas, ágiles guerreros
de aquella luz buscada y conseguida!...
Con cuánta lentitud, con cuánta angustia
debo internar mi soledad, mi sangre
por el invierno que a mi lado eleva
sus follajes de escarcha.

Por momentos,
descubro que hay un símbolo terrible,
una inviolable lápida asfixiando
esto que soy y somos, esta ardiente
necesidad de andar, de ver el grito
que el invierno sostiene, que aprisiona
con terquedad de hiedra en lo sombrío.
¡Si uno pudiera estar en toda fuente,
sumergido en profundas aventuras
solamente cercanas al espíritu;
si se pudiera descorrer el viejo
cabello del invierno, si la mano
quitara de improviso lo dormido,
lo muerto en apariencia, este gran hueso,
esta oquedad mortificante y sola
tal vez se estremeciera, diera un vuelco
hacia la estrella misma, y en el cielo
veríamos el mar, el valle hermoso
que los sueños contemplan solamente...!

Y sin embargo a tientas, yo, el poeta,
internándome a siglos, destrozado
por aguzadas limas que aparentan
infinitas ternuras, por espectros
que me arrojan arañas polvorientas,
adormideras, rostros invencibles,
sigo a paso de arena este gran hueso
donde el invierno es único monarca,
dios de cristal, señor de la derrota...

Niños caídos, vírgenes heladas,
inocentes arqueros de piel blanca,
cazadores de insectos, harapientos
monjes de nieve, imágenes de liquen,
en torno a mí, en torno a tanta pena,
tejen tapices, juegan a la muerte,
y con gestos apenas descubiertos,
momentáneos, fugaces, pero llenos
de misteriosa eternidad, se esconden,
me miran, aparecen y se internan
en el gran hueso del invierno hundido
en la mitad del tiempo, en lo callado
del tiempo y su mordida mariposa.

A veces, deteniéndome en un sitio
igual a una crisálida, cansado,
hombre del hombre, sombra de lo vano,
imagino que el hueso está en mi mismo,
sobre mi corazón, sobre los días
que transcurrieron dando tumbos, rotos
como botellas íntimas, iguales
a tanto mes caído en lo imposible.
Entonces se me ocurre que el espacio
es esto que está allí, cerca del hueso;
se me ocurre que parte de mis uñas,
de mi angustia que huele a tierra estéril,
a clamor boca a boca con el eco.
Y es verdad que agonizo en este instante;
es verdad que estoy próximo a lo exacto
que la muerte difunde. Y es tan cierto,
que hasta el hueso invernal, el hondo hueso
que suena en la garganta, me golpea
los apretados dientes del mañana.

SONETO A LA PALOMA QUE MATÉ DE NIÑO

Todavía conservo entre las manos
el pequeño temblor de tu agonía,
y tu cuerpo de luz, donde cabía
la forma de los aires provincianos.

Herido ante un aliento de manzanas
cayó tu corazón, y el mediodía
se quebró en tu garganta y en la mía
con dolores opuestos y lejanos.
Dejé tu muerta azul bajo el ciruelo.
El verano cruzaba por el cielo,
jinete de un delgado escalofrío.
La infancia se me fue con el asombro:
por eso, cuando en pájaros te nombro
tu corazón regresa en el mío.

ELEGÍA F

La madrugada, el gallo, los suburbios
de alquitrán, la luna verrugosa,
los carros amarillos, el que vuelve
de tomar una copa con la noche,
de jugar con la muerte una partida
de dominó metílico. La sombra
de una mujer dominical huyendo
cerca de las paredes. Yo, que salgo
a recorrer el alma, los refugios
de la melancolía. Yo, el que fuma
caminando perplejo entre cuchillos
doblado en la memoria, perforado
por una multitud de clavos, lejos,
separado de mí, de tus naranjos
de fascinante música. Tan grave,
tan pensativo de humedad camino;
tan igual a tus ojos, a las grutas
de tu cuerpo interior, donde me anduve,
donde me conocí, diadema invicta,
cesta de fruta emocional, palmera
de volcánica especie. Ya es muy tarde.
Te repito: es muy tarde. Nadie asedia
dos veces a una misma ciudadela
habiéndola tomado en el principio.
Ando. Pienso. Camino. Me pregunto
con el tiempo en las manos. Salgo a verte.
pero la gente es mucha. Demasiada.
Se levanta temprano. Llevan bolsas,
botines, prendedores, hijos, diarios,
verduras, entrecejos permanentes,
desvencijadas rosas, sufrimientos
de maíz rutinario. Me lo impiden;
no te puedo mirar. La madrugada
me conduce hacia agónicos extremos.
No sé qué hacer, repito; aunque quisiera
ir al asalto de tu luz remota:
tomarte nuevamente, recorrerte,
ciudadela de amor, muralla intacta
donde una vez cantara mi bandera,
mis clarines de trigo, mis arqueros
de polen torrencial, en una aurora
muy distinta de esta espesa madrugada
llena de gente y frío frente al mundo.

ELEGÍA N

Botánica de amor, tus arboledas,
las hamacas de oro, los helechos,
las hojas de tu frente, tantas hojas,
tuyas de verde trémulo. La pulpa,
la noche, con sus bornes de diamante.
El ruido de los ojos. Esa puerta
cerrada desde abril. Un perro frío;
el error de la música moviendo
tantas habitaciones, tanto espacio
de sollozo interior. Amabas limpia.
Convencida de amor entre las cosas
de enlace cotidiano; no importaban
los días pulmonares, los volantes
cajones del invierno.
Sola, sola,
botánica inaudita, flor ilustre,
aristócrata dulce de la lluvia
mirando desde el último conflicto,
desde el último pájaro. Y los meses.
Y la ciudad crujiendo lejos de ti,
sudando como un muerto envuelto en lana,
paralítica, triste.
No despiertes.
Aquí soy un alambre de cianuro,
Un eléctrico enfermo que vigila,
ulcerado, comido por el tiempo,
mientras me inyectan agua de tu sombra,
luz de tu corazón, perdido siempre.

ELEGÍA V

He vuelto a ser el hombre que fui entonces,
cuando estabas conmigo, cuando el mundo,
me cabía debajo de una axila,
y por cada ciudad que atravesaba,
por cada puente, esquina o carretera,
dejaba tu perfil, para acordarme
del camino seguido. Porque el hombre
debe fijar sus hitos, sus leyendas,
su piel de combatiente voluntario,
de asesinado lógico. Yo anduve.
Caminé con tu pie, gemelo del mío,
leguas de sangre, millas turbulentas.
Hice fraguas con un carbón mojado;
derribé largos muros, submarinas
oposiciones de salitre negro;
ignoré muslos rápidos, brillantes
cadalsos de pelviana expectativa.
Anduve entre las lunas sin tocarlas:
tú eras mi gran racimo pensativo.
Hoy soy el hombre mismo que conoces,
algo mayor que aquella inteligencia,
asido a un canto terco. Si estoy triste,
comprendo a mi tristeza como nunca;
si estoy alegre, arriesgo que eso viene
desde tu corazón. Y estoy conforme.
Siendo el hombre que fui, estoy conforme;
él me devuelve lo que has sido siempre.

18.5.09

FALLECE MARIO BENEDETTI, Descanse en paz, POETA




Mario Benedetti, poeta del amor y del exilio, muere en Montevideo a los 88 años. Tras una larga enfermedad que amagó varias veces con llevarse a este best seller de las letras uruguayas, de los sentimientos, a este popularizador de la poesía en español como casi ningún otro. La muerte, es decir, esa enfermedad pulmonar crónica que padecía, se lo llevó por delante tras su cuarto ingreso en un año en el hospital Impasa, de Montevideo.
Galardonado en 1999 con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana y en 2005 con el Internacional Menéndez Pelayo, Benedetti abordó todos los géneros literarios, en los que reflejó una mirada crítica de izquierdas que le llevaría al exilio y a ser, hasta sus últimos días, un firme detractor de la política exterior de Estados Unidos. Sus poesías fueron cantadas por autores como Joan Manuel Serrat, Daniel Viglietti, Nacha Guevara, Luis Pastor o Pedro Guerra, y sus novelas más famosas llevadas al cine, como La tregua (1974) o Gracias por el fuego (1985), a cargo del director argentino Sergio Renán.
Este exponente por antonomasia de la llamada generación uruguaya de 1945, la "generación crítica", nació el 14 de septiembre de 1920 en Paso de los Toros, en el Departamento de Tacuarembo. En 1928 comenzó sus estudios primarios en el Colegio Alemán de Montevideo, donde, según contaba el propio Benedetti, gustaba de escribir en verso las lecciones e incluso sorprendió a sus maestros con un primer poema en ese idioma.
Las dificultades económicas solo le permitieron cursar un año de educación secundaria en el Liceo Miranda y después tuvo que ser casi autodidacta, compaginando los estudios con el trabajo, que comenzó a los 14 años en un taller de repuestos de automóvil. Antes de dedicarse a la escritura, Benedett hizo de taquígrafo, cajero, vendedor, librero, periodista, traductor, empleado público y comercial. Todos estos oficios supusieron un contacto con la realidad social de Uruguay que fue determinante a la hora de modelar su estilo y la esencia de su escritura.
Entre 1938 y 1941 residió en Buenos Aires y en 1945 ingresó en el semanario Marcha como redactor y publicó su primer libro, La víspera indeleble, de poesía. En 1949 Benedetti avanzó en su carrera periodística con su labor en la destacada revista literaria Número, compaginando al tiempo sus tareas de crítico con una carrera imparable como escritor. Así, en una década trepidante publicó obras como Esta mañana y otros cuentos (1949), Poemas de oficina (1956), Ida y vuelta (1958) y La tregua (1960).
Ya desde 1952 comenzó a implicarse de forma destacada en las protestas contra el tratado militar de Uruguay con Estados Unidos. Su primer viaje a Europa lo hizo en 1957, como corresponsal de Marcha y El diario. De 1961 data el libro Mejor es meneallo, que agrupa sus crónicas humorísticas, firmadas con el pseudónimo de Damocles. Residió en París entre 1966 y 1967, donde trabajó como traductor y locutor para la Radio y Televisión Francesa, y luego de taquígrafo y traductor para la UNESCO.
En 1968 fundó en La Habana el Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas, que dirigió hasta 1971, y encabezó el Departamento de Literatura Latinoamericana de la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Universidad de Montevideo, entre 1971 y 1973. En los setenta desarrolló una intensa actividad política, como dirigente del Movimiento 26 de Marzo, del que fue cofundador en 1971 y al que representó en el Frente Amplio, coalición izquierdista que alcanzó el poder en 2005.
IKER SEISDEDOS / EFE - Madrid - 17/05/2009

1.5.09

HENRI MICHAUX

(Namur, 1899 - París, 1984) Escritor francés de origen belga. Fue una de las personalidades más relevantes de la literatura moderna. En 1922, bajo la influencia de la literatura de Lautréamont, empezó a escribir y a publicar en Bélgica. En 1924 se estableció en París y, en pleno clima surrealista, se sintió más atraído por la pintura (Ernst, Dalí, De Chirico, y luego Klee) que por la literatura; sus obras de este período, sin embargo, todavía discurren paralelamente a las experiencias de Breton; incluso, según algunos, el verdadero surrealista es él. Más tarde, se acercó cada vez más a Rimbaud, Kafka, y a los existencialistas.

Descubierto por Paulhan, publicó en 1927 Qui je fus, narraciones, aforismos, poesías, donde ya aparecían algunas constantes de su obra (los temas de la angustia y la fuga) y el lenguaje "inventado" que constituyó su originalidad más visible. Más adelante publicó Ecuador (Ecuador, 1929), diario de viaje y diario íntimo; Un bárbaro en Asia (Un barbare en Asie, 1933), narración de su viaje a la India y a China, quizá su libro más ameno y objetivo; y Mes propiétés (1929), Un certain Plume (1930), La nuit remue (1935), Plume précedé de Lointain intérieur (1938), todas ellas, obras formadas por textos breves y variados, poesías y prosas poéticas.
Después inició un ciclo de relatos de sus viajes por países imaginarios: Voyage en Grande Garabagne (1936), Au pays de la magie (1941) y Ici, Poddéma (1946), reunidos más tarde en Ailleurs (1948). Entre 1938 y 1939 dirigió la redacción parisina de la revista Hermès. Mientras, Gide le dedicó el opúsculo Découvrons Henri Michaux (1941), que centró en él la atención del público; pero durante el período de la guerra y de la ocupación, el artista se vio obligado a soportar un largo aislamiento, lleno de actividad: Je vous écris d'un pays lontain (1942), Adversidades, exoscismos (Épreuves, Exorcismes, 1945) y La vie dans les plis (1948).

HE NACIDO AGUJEREADO


Sopla un viento tremendo,
No es sino un pequeño agujero en mi pecho,
pero sopla en él un viento tremendo.
Pueblecito de Quito, tú no eres para mí.
Yo necesito odio, y envidia; ésta es mi salud.
Es una gran ciudad la que necesito.
Un gran consumo de envidia.
No es sino un pequeño agujero en mi pecho,
pero sopla en él un viento tremendo,
En el agujero hay odio (siempre), espanto también e impotencia.
Hay impotencia y el viento está cargado de ella;
fuerte como los torbellinos,
rompería una aguja de acero,
y no es más que un viento sin embargo, un vacío.
¡Caiga la maldición sobre toda la tierra, sobre toda la civilización,
sobre todos los seres en la superficie de todos los planetas, a causa de este vacío!
Un señor crítico ha dicho que yo no alimentaba odio.
Este vacío, he ahí mi respuesta.
¡Qué mal se está, ay, en mi pellejo!
Siento la necesidad de llorar sobre el pan de lujo de la dominación y del amor,
sobre el pan de gloria que está afuera.
Siento la necesidad de mirar por el cuadro de la ventana,
que está vacío como yo, que no se alimenta de nada,
Dije llorar; no, es un barreno a frío, que barrena,
barrena incansablemente,
como sobre una viga de haya en la que 200 generaciones de gusanos se hubiesen
legado esta herencia; "barrena, barrena..."
Esto ocurre a la izquierda, no digo que sea el corazón,
Digo agujero, y no digo más, es rabia y contra ella no puedo,
Tengo siete u ocho sentidos. Uno de ellos: el sentido de lo que falta.
Lo toco y lo palpo como se palpa una madera,
una madera que sería más bien una gran selva de esas que ya no se ven en Europa
desde hace mucho.
Y esto es mi vida, mi vida en medio del vacío.
Si este vacío desaparece, yo me busco, enloquezco y eso es todavía peor.
Yo me he construido sobre una columna ausente.
¿Qué habría dicho el Cristo si hubiese estado hecho de este modo?
Hay algunas de estas enfermedades que, si se las cura, no le dejan nada al hombre.
Muere pronto, era demasiado tarde.
¿Puede acaso una mujer contentarse solamente con odio?
Si es así, amadme, amadme mucho y no dejéis de decírmelo,
y que alguna de vosotras me escriba.
¿Pero qué significa este ínfimo ser?
Casi no lo había advertido,

SOY GONG

En el canto de mi cólera hay un huevo,
Y en ese huevo está mi padre, mi madre, mis hijos
Y en todo eso hay alegrías y tristezas mezcladas, y vida
Intensas tormentas me han socorrido,
Hermoso sol que me contrariaste
Hay odio en mí, fuente de antigua data,
Y ya decidiremos después sobre la belleza.
En efecto, no me volví duro sino por láminas
Si supieran cuan blando he quedado en el fondo;
Soy gong, y guata y canto nevado,
Lo digo y estoy seguro

NOSOTROS

Recto para nosotros
En nuestra vida, nada se consumó hasta el fondo
Hasta el fondo como para nosotros
Pero tomar el vacío entre mis manos
Cazar la liebre, cazar al oso

Golpear valientemente al oso
Ser despojado de todo, haciendo transpirar nuestro propio corazón
Arrojado al desierto, obligado a reunir su ganado,
un hueso por aquí, un diente por allá, a lo lejos un cuerno
Eso es para nosotros
Y decir que las siete vacas gordas nacen en este momento
Nacen, pero nosotros no las ordeñaremos
Los cuatro caballos alados acaban de nacer
Han nacido, sólo sueñan con volar
Nos da pena retenerlos. Llegarán casi hasta las estrellas esos animales
Pero no nos transportarán a nosotros
Para nosotros los caminos de topo, de alacrán
Además, hemos llegado a las puertas de la Ciudad,
De la ciudad-importante
Estamos ahí, no hay duda. Es ella. Es ella de verdad.
Todo lo que sufrimos para llegar… y para partir
Desatarse con lentitud, fraudulentamente, los brazos en la espalda…
Pero no somos nosotros los que entraremos
Son jóvenes qué-me-miras todos verdes, muy altivos quienes entrarán
Pero nosotros no entraremos
Tampoco iremos más allá. ¡Stop! No más allá
Entrar, cantar, triunfar, no, no, no es para nosotros.

¿NÁUSEA O ACASO ES LA MUERTE QUE LLEGA?

Ríndete, corazón mío.
Hemos luchado bastante,
Que mi vida se detenga,
No hemos sido cobardes,
Hicimos lo que pudimos.
¡Oh, alma mía!
Te vas o te quedas,
Tienes que decidirte,
No palpes así mis órganos,
A veces con atención, otras con extravío,
Te vas o te quedas,
Tienes que decidirte.
Yo ya no puedo más.
Señores de la Muerte
No los maldije ni los aplaudí.
Tengan piedad de mí, viajero de tantos viajes sin maleta,
Sin dueño tampoco, sin riqueza, y la gloria que se fue a otra parte,
Ustedes son ciertamente poderosos y divertidos por encima de todo,
Tengan piedad de este hombre enloquecido que antes
de cruzar la barrera ya les grita su nombre,
Atrápenlo al vuelo,
Y después que se amolde a sus temperamentos y costumbres,
si es posible,
Y si les place ayudarlo, ayúdenlo, se los ruego.